20.- Llámame romántica

Llámame romántica inexorable, pero me encantan los cuentos de hadas y princesas. Esos que ocurren en grandes castillos, llenos de grandes sslones, de escaleras interminables, de lámparas que cuelgan de altos techos.

Ayer cuando entré por la puerta del Liceo sentí un cosquilleo que me recorría por dentro. Conforme andaba, percibía como me impregnaba la historia de cada uno de los rincones. Pese a haber sufrido una nueva reforma tras el último incendio de 1994, mantiene la majestuosidad de antaño.

"Subiendo la escalinata, me figuraba enfundada en un vestido de época, dorado, de seda bordado, llevando en mi mano un bonito abanico y dejando caer unos pequeños mechones de pelo dibujando el contorno de mi cara.

Mi otra mano, apoyada en la tuya, mantenía el equilibrio mientras subía al primer piso, donde nos abríamos paso a la gran sala de los espejos. En ella se veían reflejados nuestros espectaculares trajes que brillaban tanto o más que las luces de la sala.


Saludábamos y charlábamos con premura a nuestros conocidos, sin dejarnos del brazo. Te gustaba pasear por las grandes salas de la ciudad para que todos se percataran de lo mucho que nos queríamos y adorábamos.


Tus ojos no dejaban de mirarme, te encantaba sacarme el rubor de mis mejillas. Sabias que esas intensas miradas, conseguían que mi cuerpo se estremeciera.


Estábamos allí para escuchar una ópera de Verdi, una historia de amor, traición y tragedia nos esperaba. Sentados ya en nuestro palco privado, tu y yo solos, frente al gran escenario del gran teatro, nos sentíamos expectantes a que diera comienzo la obra.


Estaba lleno, ni una localidad libre ante tan importante espectáculo que hacia tiempo aguardábamos. De vez en cuando alguien nos saludaba y respondíamos con un asentimiento de cabeza, una leve sonrisa.


Estabas espléndido, radiante, como el gran caballero que eras. Tu saber estar y tu elegancia siempre te habían situado entre los electos por las grandes damas de la ciudad. 


Yo, una gran promesa, de cara dulce y reservada, con grandes ojos y cabellos dorados. De esbelta figura, cuello desnudo, espalda erguida. Y que ese día brillaba más que nadie.


Era la primera vez que asistía al gran teatro y mis nervios se reflejaban por mis manos temblorosas. Aunque mi postura intentaba cubrir cualquier signo de exaltación.


Anunciaron el principio de la obra, se apagaron las luces, se subió el telón y empezó lo que luego bautizaría como la historia de amor más trágica que había visto y oido jamás.


Mis ojos no se separaban ni un segundo del escenario, sin apenas parpadear. En momentos, brillantes o llorosos por la emoción. Y aunque en otros notaba tu mirada como me penetraba por los poros de mi piel, no alcanzaba a girarme para verte. Te sentía, te amaba, te deseaba. Pero estaba sumergida en el más dulce sueño hasta ahora.


La agitación se apoderaba cada vez más de mi joven corazón. Notaba como las lágrimas corrían por mis mejillas. No entendía porqué un amor tan puro podía corromperse de esa forma. 


Siento como me coges de la mano, la acaricias con ternura, y con tu pañuelo secas mis lágrimas. Me giro y veo la dulzura que desprende tu mirada y asientes orgulloso del regalo que me has hecho esa noche. Jamás podré olvidarlo. Tú, que me conoces, que me amas, sabes que acabas de conquistar mi más puro corazón.


Llega el último acto, la escena final está llena de tensión y pasión, la música y las voces retumban por cada rincón del teatro. Siento como mi corazón se acelera, como el bello de mi piel se eriza y rompo en un llanto silencioso, fruto del deseo más grande.


Se baja el telón y el teatro rompe en aplausos. Me uno a ellos sin dejar de llorar. Sin dejar de sentir cada una de las escenas que he visto y escuchado. No dejo de pensar en esa historia rompedora entre ese hombre y esa mujer que se amaban por encima de todo y que no podrían jamás consumarlo.


Salimos del palco y nos dirigimos a la salida. Me coges de la mano, te acercas y besas mi cuello. Me susurras que me amas por todos los dulces momentos que te doy. Por mi extrema sensibilidad a sentir lo que otros viven con dolor. Y ahí, frente a mi, y frente a esas paredes que lo han visto todo, me declaras tu amor para siempre".


Estamos sentados, la obra empieza en breve y yo ya siento como si lo hubiera vivido. Tu camisa impoluta roza mi brazo, me coges de la mano y me dices las ganas que tenias de traerme. Y pienso que he estado aquí hace un tiempo, tanto que mi vestido no es el mismo. Siento que yo no era yo y tu no eras tu. Que quizás eran un príncipe y una princesa sacados de un cuento de hadas, para que ambos vivieran su propia historia de amor.

Te sonrío, y pienso que lo he vuelto a hacer. He imaginado de nuevo que los cuentos de enamorados existen por encima de todo. He soñado de nuevo en aquello que de alguna forma anhelas. Por qué? Llámame romántica, pretenciosa o simplemente una mujer sensible de vivir cada momento que se le presenta como si de la mejor historia de amor se tratara.

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